136 años ICT: “La llama sigue encendida”
En el marco de la celebración del 136° aniversario del Colegio Mixto Inmaculada Concepción de Talcahuano, compartimos el mensaje de nuestro Director, Claudio Linke, quien invita a nuestra comunidad a mirar la historia del ICT desde el legado de Madre Paulina y la responsabilidad que tenemos de proyectarlo hacia las generaciones que vendrán.
Claudio Linke
Director
Colegio Mixto Inmaculada Concepción de Talcahuano
Equipo directivo, estudiantes, apoderados, docentes, asistentes de la educación e invitados especiales; querida comunidad educativo-pastoral: tengan todos ustedes muy buenos días.
Hoy tengo nuevamente el privilegio de pararme frente a ustedes para compartir algunas palabras en uno de los actos que, para mí, tiene mayor significado dentro de nuestra vida como Colegio: nuestro aniversario.
Y debo reconocer que hacerlo por cuarta vez como Director de esta comunidad me llena de orgullo, pero también de una profunda honra.
Porque representar a una institución que hoy cumple 136 años de historia no es algo menor.
Significa ocupar, por un momento, un lugar dentro de una historia mucho más grande que nosotros. Una historia que comenzó antes de que cualquiera de quienes estamos hoy aquí naciera y que, si somos capaces de cuidarla, continuará mucho después de nosotros.
Este año quisiera invitarlos a mirar nuestra historia de una manera un poco diferente.
Quisiera que fueran las propias palabras de Madre Paulina las que nos ayudaran a comprender qué significa celebrar 136 años.
Al comenzar este año escolar, cuando nos reunimos con los diferentes integrantes del equipo ICT para reflexionar sobre nuestra identidad y sobre aquello que significa trabajar en un Colegio de la Inmaculada Concepción, utilizamos una imagen que hoy quiero compartir con toda nuestra comunidad.
Hablamos de ser portadores de una llama.
Una llama que nosotros no encendimos. Una llama que recibimos. Que alguien cuidó antes de nosotros. Y que ahora tenemos la responsabilidad de mantener encendida para entregarla, algún día, a quienes vengan después.
Creo que celebrar 136 años significa precisamente eso: reconocer que esa llama sigue encendida.
Y esa llama comenzó con una mujer que comprendió que su fe no podía quedarse solamente en palabras.
Paulina miró la realidad de su tiempo. Vio niños pobres, personas ciegas, enfermos, familias necesitadas. Y frente a esas realidades decidió actuar.
En una carta dirigida a la Hermana Matilde, el 11 de julio de 1851, escribió unas palabras que probablemente resumen mejor que cualquier otra expresión su manera de comprender nuestra misión:
“El amor a los niños es el mejor maestro en la educación. Se puede confiar a los niños únicamente a quien los ama. Amor en el corazón, amor en el tono de la voz, amor en el trato con los niños.”
Han pasado 175 años desde que Madre Paulina escribió esas palabras.
Y, sin embargo, parecen escritas para nosotros. Porque ahí está la esencia de nuestra misión. Podemos mejorar nuestros resultados académicos. Podemos renovar nuestros espacios. Podemos desarrollar proyectos, innovar, capacitarnos y plantearnos grandes metas. Todo eso es importante.
Pero ninguna de esas cosas puede hacernos olvidar por qué existe este Colegio.
Existimos por nuestros niños, niñas y jóvenes. Existimos para educarlos. Para ayudarlos a descubrir sus talentos. Para acompañarlos cuando las cosas se ponen difíciles.
Para enseñarles que después de una caída podemos volver a levantarnos. Para que aprendan a convivir con otros. Para ayudarlos a construir su proyecto de vida.
Y, porque somos un Colegio católico, existimos también para mostrarles que ese proyecto puede encontrar en Jesucristo un sentido profundo para sus vidas.
Madre Paulina tenía una visión muy profunda sobre esto.
En 1852 reflexionaba sobre la necesidad de que los niños desarrollaran su fuerza interior y su libertad, porque sabía que algún día tendrían que salir y enfrentarse al mundo.
Y escribió:
“Es necesario un fundamento sólido en la educación […] para que el adulto salga victorioso de los combates más difíciles, para que lo bueno se abra camino donde ponga el pie.”
Con estas palabras, la beata Madre Paulina nos dice que no educamos solamente para una prueba. No educamos solamente para una nota. No educamos solamente para entrar a la universidad.
Educamos para la vida. Para que, cuando nuestros estudiantes abandonen estas aulas, puedan hacer que “lo bueno se abra camino donde pongan el pie”.
Eso es exactamente lo que nuestro Proyecto Educativo continúa pidiéndonos hoy: formar niños, niñas y jóvenes con una sólida preparación cristiano-católica, académica y valórica, capaces de aportar a la sociedad, al mundo y a la Iglesia.
Pero hay una parte de nuestra historia que este año me gustaría rescatar especialmente.
Porque cuando hablamos de Madre Paulina podemos caer en el error de imaginarla como una mujer muy lejana: una religiosa que vivió hace casi dos siglos, al otro lado del mundo, en Alemania.
Sin embargo, hay algo que nos conecta con ella de una manera mucho más cercana.
Madre Paulina estuvo aquí. Estuvo en Talcahuano.
El 10 de noviembre de 1879, once años antes de que comenzara la historia de nuestro Colegio, Madre Paulina pisó tierra chilena precisamente en el Puerto de Talcahuano. Había cruzado el océano para visitar a sus Hermanas, conocer las obras que estaban desarrollando y acompañarlas en tiempos particularmente complejos para nuestro país.
Hace casi 147 años, la mujer cuyo nombre pronunciamos tantas veces, cuya imagen encontramos en nuestros pasillos y cuya espiritualidad inspira nuestra misión, caminó por esta misma ciudad.
Todavía no existía nuestro Colegio. No estaban nuestras salas. No existía este salón. No estaba nuestra capilla. No existían los patios que hoy recorren nuestros estudiantes. Pero podríamos decir que la llama ya había llegado a Talcahuano.
Once años después, en 1890, aquella presencia congregacional tomaría forma en una obra educativa para las niñas de esta ciudad. Y desde entonces esa llama comenzó a pasar de unas manos a otras.
De las primeras Hermanas a las que vinieron después. De ellas a generaciones de profesores y asistentes de la educación. De una familia a otra. De un estudiante a otro. Hasta llegar a nosotros.
Porque su legado no está solamente en una fotografía. No está solamente en una estatua. No está únicamente en nuestro escudo. No está solamente en un documento institucional ni en las palabras que repetimos durante nuestras celebraciones.
El legado de Madre Paulina está vivo en las personas.
Está en el profesor que prepara cuidadosamente una clase porque sabe que frente a él no hay simplemente un curso, sino niños y jóvenes con sueños, capacidades y necesidades distintas.
Está en el asistente de la educación que se detiene a escuchar a un estudiante que está pasando por un momento difícil.
Está en el auxiliar que cada mañana prepara nuestros espacios antes de que lleguemos.
Está en quien acoge. Está en quien escucha. Está en quien acompaña. Está en quien perdona.
Está en el estudiante que se da cuenta de que un compañero necesita ayuda y decide acercarse.
Está en quien pudiendo responder con violencia decide dialogar. Está en quien respeta al otro aunque piense diferente.
Está en la familia que confía en nuestro Proyecto Educativo y comprende que educar es una tarea que debemos hacer juntos.
Cada vez que alguien en esta comunidad decide servir a otro con amor, alegría y cordialidad, el legado de Madre Paulina vuelve a hacerse presente.
Ahí está Paulina. Ahí está nuestra identidad. Ahí sigue ardiendo la llama.
Y por eso quiero hablar especialmente a ustedes, queridos estudiantes. Ustedes no son solamente alumnos que estudian circunstancialmente en este Colegio. Son parte de una historia de 136 años.
Algunos llegaron hace pocos meses. Otros llevan diez, doce o catorce años caminando por estos patios. Y algunos de ustedes, nuestros estudiantes de Cuarto Medio, dentro de pocos meses dejarán definitivamente estas aulas.
Pero todos van a dejar algo de ustedes en esta historia. Algún día otros estudiantes ocuparán estas salas. Se sentarán donde ustedes se sientan hoy. Caminarán por estos mismos pasillos. Celebrarán aniversarios que nosotros probablemente nunca veremos. 150, 175, quizás algún día 200 años de nuestro Colegio.
Ellos probablemente no conocerán nuestros nombres. Como nosotros tampoco conocemos el nombre de la mayoría de quienes caminaron por aquí hace cien años. Pero hay algo que sí recibirán de nosotros: el Colegio que nosotros seamos capaces de dejarles.
Por eso pertenecer al ICT también implica una responsabilidad. La llama que otros cuidaron para nosotros algún día tendrá que pasar a otras manos.
Y eso nos obliga a preguntarnos:
¿Qué Colegio queremos entregar a quienes vengan después?
¿Qué recuerdo queremos dejar de nuestro paso por esta comunidad? ¿Estamos haciendo que este Colegio sea mejor simplemente porque nosotros formamos parte de él?
Y estas preguntas no son solamente para nuestros estudiantes. Son también para nosotros, los adultos. Para quienes tenemos la enorme responsabilidad de educarlos.
Nuestro Proyecto Educativo nos llama a ser una comunidad de Fe y Cultura, trabajando en la construcción de la civilización del amor conforme al mensaje de Cristo, con María Inmaculada y el ideario de Madre Paulina.
Eso no puede ser solamente una frase escrita en nuestro PEI.
Tenemos que hacerlo vida.
Querida comunidad educativo-pastoral:
Hoy cumplimos 136 años. Y la llama sigue encendida.
Pasó por las manos de las primeras Hermanas.
Por generaciones de religiosas.
Por profesores.
Por asistentes de la educación.
Por familias.
Por miles de estudiantes.
Y hoy esa llama está en nuestras manos.
Ahora somos nosotros sus portadores.
No sabemos cuánto tiempo tendremos el privilegio de llevarla.
Pero sí sabemos cuál es nuestra responsabilidad mientras esté con nosotros:
Que no se apague.
Que se haga más fuerte.
Que ilumine a otros.
Y que cuando llegue el momento de entregarla, quienes vengan después puedan recibirla con la misma fuerza con que nosotros la recibimos.
Madre Paulina enfrentó durante su vida dificultades enormes. Problemas económicos, enfermedades, conflictos políticos, persecuciones y muchas veces incertidumbre respecto del futuro de sus obras.
Y en medio de esas dificultades escribió:
“El Buen Dios ayudó hasta ahora y lo hará en el futuro por su gran bondad. Yo confío firme y filialmente.”
Después de 136 años de historia, creo que nosotros podemos decir exactamente lo mismo.
Dios nos ha acompañado hasta aquí.
Acompañó a las Hermanas que comenzaron esta obra.
Acompañó a las generaciones que estuvieron antes que nosotros.
Nos acompaña hoy.
Y confiamos profundamente en que continuará acompañando a quienes reciban esta historia después de nosotros.
Cuando Madre Paulina dejó nuestro país, el 22 de febrero de 1880, después de recorrer las obras de sus Hermanas en Chile, se despidió con unas palabras que hoy adquieren para nosotros un significado muy especial:
“Dios las bendiga, Hermanas. Dios bendiga a Chile.”
Casi un siglo y medio después, desde Talcahuano, desde una obra educativa que nació pocos años después de aquella visita, creo que podemos responderle:
Madre Paulina, la llama sigue encendida.
Sigue viva en tus Hermanas.
Sigue viva en nuestros educadores.
Sigue viva en nuestras familias.
Sigue viva en nuestros estudiantes.
Sigue viva en el ICT.
Que María Inmaculada nos ayude a mantenernos fieles a nuestra identidad.
Que Madre Paulina continúe mostrándonos el camino del servicio alegre y cordial.
Y que Dios nos dé la fuerza para seguir llevando esta llama, para que nuestro Colegio continúe educando, evangelizando, sirviendo e iluminando a muchas generaciones más.
¡Feliz aniversario número 136, querido Colegio Mixto Inmaculada Concepción de Talcahuano!
Que Dios bendiga nuestra historia.
Que Dios bendiga nuestro presente.
Y que Dios bendiga todo aquello que juntos todavía tenemos por construir.